Perros

Dicen que es un vocablo íbero, celtíbero, de antes de que llegaran los romanos, que le llamaban can. Suena fuerte, ofensivo, por eso los perros de donde se les nombra “perro” están marcados por el maltrato, la miseria y la desesperanza; por eso no hay peor insulto: “¡perro!”. Para los egipcios el perro era el animal de la muerte, el chacal que vigilaba la ciudad de los muertos; a los romanos un can, Cerberos, les guardaba la entrada del hades.
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Y ahora llegó la crisis
Desde hace unos meses nos toca una nueva cantinela. La crisis. Ahora estamos en crisis: crecimiento cero, estancamiento del mercado de la vivienda, parón en la construcción, aumento del carburante, caída de la inversión. La crisis, lo dicen los periódicos, nació en Estados Unidos con el desplome de las entidades de crédito y ha llegado a nuestra humilde España como la plaga de la langosta, sin comerlo ni beberlo. Y ahora, insisten los más cándidos, el gobierno poco puede hacer, está atado de pies y manos, tiene “poco margen” para imponer medidas sobre los flujos económicos internacionales. Hasta hace unos meses las cosas marchaban, y ya no.
No pocos afirman que España ha tenido el ciclo económico más saludable de su historia reciente. Y les doy la razón. Soy de los que creen que hemos atravesado por nuestros felices años veinte, por nuestro premio gordo de la lotería, así que no me resisto a hacer un retrato de estos años de las vacas gordas, eso sí, dirigido contra cualquier mirada nostálgica sobre ellos; con la idea de que los echemos a la basura, con el propósito de penetrar en sus grietas y puntos de fuga, que nos hablan de una crisis vieja:
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Noche, distancia e insuficiencia coronaria
Leo en la prensa que ha muerto Sergio Algora, el “líder” de El niño gusano. Tenía 39 años. Por lo visto, estaba delicado del corazón (“como ha indicado un miembro de la banda”), pero con estos músicos nunca se sabe. Aquí en mi casa teníamos un compañero operado del corazón, con un tajo tremendo desde la garganta hasta la mitad de la barriga. Según contaba, lo hacen con una sierra de cortar metales. Te la ponen sobre el esternón y aprietan el “on”. Me pregunto qué olor tendrán las micropartículas de esternón y de sangre en el aire, aunque quizás todo huela a consulta de dentista, que es como me imagino un quirófano. Yo una vez tuve que entrar en uno. Me operaron de la rodilla, pero no me acuerdo casi de nada, ni siquiera de los olores, que es lo que más aguanta en el coco. Lo único que recuerdo es el mal rollo que me dio la batilla verde, como de papel reciclado, que me pusieron por encima. Esa cosa te hace sentir más desnudo que si estuvieras en pelotas, lo malo es que una vez que te la quitan y que realmente te quedas en pelotas y rodeado de un montón de androides tras sus mascarillas, gorros, gafas y guantes, el instinto de supervivencia te arroja junto al preso en la sala de tortura, la rata del estudiante de biología, el concursante de operación triunfo frente a un musicólogo búlgaro. El amigo de un vecino, que era cirujano, una vez nos contó que les medían los órganos genitales a los pacientes que iban a operar. Bueno, no dijo órganos genitales, dijo “pollas”, que les medían las pollas a los tipos que yacían atiborrados de anestesia antes de meterles el bisturí. Esa idea no se me podía quitar de la cabeza: la anestesista midiendo mi órgano genital y riéndose a coro con las enfermeras, los estudiantes de medicina y el cirujano.
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Foucault revivido en Ocean Park
Ocean Park tiene fama de ser una playa gay y estilosa. Como el escenario se presta, me llevé a Foucault bajo el brazo y lo puse allí, acostado en la toalla.
Dice Foucault que antes del siglo XVII se creía que todas las cosas del universo, todas: la mota que se mete en el ojo, una supernova, el gato que se eriza, la tormenta que se ve en la lejanía, la pereza de después de la siesta, un incendio en el bosque... pertenecían a un mismo orden de semejanza. Todas se conectaban y se movían al unísono. Como un torbellino en el río, todo era fruto de una armonía elemental e irradiadora de la que se desconocía su secreto. La tarea del filósofo consistía en desvelar la palabra mágica, el principio universal que explicaría la diversidad de lo mismo.
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