De nuevo el aeropuerto. Filas intensamente vigiladas, empleados con mala cara, quítese los zapatos, deje su laptop en una caja aparte, sáquese el jersey, vuelva a pasar por el escaner, qué lleva aquí, abra las piernas. Overbooking, nos dicen luego.
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Ayer vi a Julie Andrews frente a Macy´s. Es una señora muy maquillada, muy operada y muy setentona, pero si te mira a los ojos y mueve un poco la nariz aún puede lograr que sepa un poco mejor esa píldora asquerosa que te dan. Y en eso estábamos los dos, Julie Andrews subida en un trineo junto a un Papá Noel de pacotilla y yo a pie de calle entre la plebe atiborrada de píldoras y dispuesta a comenzar con las compras navideñas cuando ella lo dijera.
Los del setenta y seis derrotan en los segundos finales a los gatos salvajes
El partido es a las 7.00 pm, así que quedo con Noble en su casa a las 6.15 pm para ir desde allí juntos a la cancha. Él vive en Carpenter y la 10th, a unos diez minutos en bici del Wachovia. Al llegar me abre la puerta con su traje de guerra, una camiseta de algún antecedente de los Grizzlies, en la que pone “Memphis” en grande y, detrás, su apellido: “Novitzki”, como el alemán, pero con “i” latina.

Baltimore Police Department (BPD)


Hablé dos horas por teléfono y se me hizo tarde para casi todo. Había caído la noche y sólo tenía ganas de pasear por alguna zona desierta donde no me cruzara con nadie. Abajo las calles estaban negras y solitarias; en Filadelfia no hay riesgos de multitud después de que se oculta el sol.
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2 de marzo, 7:30 am. Ocho grados bajo cero. Tempestad. Carreteras cortadas, viento, nieve. La bruma tapa los rascacielos. Salgo al CVS para testar la situación. Leche, un muffin. No se me ocurre nada más. No, no bag. Have a good day. You too. Me abren la puerta. Some change, sir? Cara de pena. Negación.

Esos trapos en mitad de la calle son una persona. Ahora mismo pasé por encima de ella y aún se movía. Esta noche estuvo lloviznando y la temperatura rondó los 10 bajo cero, pero como tiene colocadas las mantas sobre una alcantarilla con el vapor que ésta desprende no se congela. Está aquí mismo, en Locust entre la 15 y la 16. Si te das prisa aún puedes recogerla y tirarla a la basura.
En weather.com pronostican una máxima de 6 grados y en mi corcho tengo pinchados los billetes para Nueva York que me regaló Helena. Es sábado y son las 8 de la mañana. Mientras se hace el café me esfuerzo en que me apetezca el plan.
>Ver texto completoEn cada una de las cuatro esquinas de mi manzana el City Council ha colocado estas placas:
High School Horace Howard Furness. 3rd and Mifflin, South Philadelphia:
Ahora que nieva venimos aquí los martes a jugar al fútbol. Cada martes pasamos por debajo de los detectores de metal, aunque por las tardes están desconectados. Durante el día sí funcionan y por ellos deben desfilar todos los escolares. Así aprenden que no se puede entrar en clase con una recortada, ni con una pistola, ni siquiera con un cortaúñas. También aprenden que en Filadelfia hubo 338 muertos el año pasado, y que el crimen cada vez sale más caro. La policía ha distribuido estos posters:
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Obama acaba de jurar el cargo. Aquí, en la tele, ahora mismo. Aún suenan los cañonazos desde Arlington, o desde algún otro cementerio patrio de ese parque temático del espanto bélico y del “nation first” que es Washington.
Miami. Fairfield Inn. Habitación 138: Son las siete de la tarde y ya estoy duchado y metido en la cama. Sobre las piernas tengo el portátil y en la tele Louisville juega contra Notre Dame. No me gusta el baloncesto universitario. Durante las diez horas de vuelo vine acompañado por un camorrista. No puedo saber si pertenecía al clan de los Casalesi o de los Mondragone (aún carezco de ciertas sutilezas), pero después de leer Gomorra los detecto inmediatamente. A los pocos minutos de despegar éste me confesó que había comprado su billete en Fiumicino para Santo Domingo sólo una hora antes de que partiera el vuelo. Camorrista. Los mafiosos me rodean y se esconden tras las apariencias más comunes. Cualquiera puede serlo.
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Murales (I): Héroes de barrio contra Naomi dos Passos

Para enmascarar el derrumbe, para colorear el vacío de edificios arruinados por la miseria o la desidia, se alzan los bellos murales de la ciudad. Por eso son muchos. Hay uno que me gusta especialmente. Tres negros elegantes, del Cotton Club, juegan al billar en South Street después de haber entonado un blues. A la escena sólo le faltan leves retoques para retratar a uno de los mitos falsos de Filadelfia. Falta, sobre todo, un personaje con la mirada gélida, el gesto violento y el brazo infalible de Eddie Felson.
>Ver texto completoCuenta la leyenda que hace unos años, en el concierto de Radiohead en Philly, el público no paraba de insistir: “Creeeppp, Creeeppp!!” Todo el mundo quería rasgarse las vestiduras al ritmo de su primer éxito, pero el señor Tom Yorke dijo que no se hablase más, que no la iban a tocar. Yorke desconocía el gran lema de aquí, el “Philly keeps you real”, y el golpe de realidad estuvo a punto de ser certero. Algunos filadelfinos se pusieron farrucos y amenazaron seriamente con abofetear a los ingleses, que juraron no volver a tocar en un lugar con tan poco aguante para el divismo. La historia debe de ser cierta, porque en su gira de este año han elegido actuar en Candem.
>Ver texto completoHoy me desperté en mi cama. En la de Filadelfia, después de unas semanas en Puerto Rico. Allí los mosquitos y el calor conspiran contra el sueño, así que lo de dormir sin enemigos me hizo sentir en casa. Mi única patria es la cama. Luego fui al Traders Joe´s, el supermercado que me queda más cerca del apartamento. En el camino pensaba en lo bien que me lo dejó mi desconocido Daniel Shiman. Puse el anuncio en Internet: “Se renta apartamento, Junio y Julio, 800 dólares al mes, zona céntrica, Filadelfia” (en inglés, claro), y sólo tres días después me llegó su cheque y yo le envié la llave.
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Dicen que es un vocablo íbero, celtíbero, de antes de que llegaran los romanos, que le llamaban can. Suena fuerte, ofensivo, por eso los perros de donde se les nombra “perro” están marcados por el maltrato, la miseria y la desesperanza; por eso no hay peor insulto: “¡perro!”. Para los egipcios el perro era el animal de la muerte, el chacal que vigilaba la ciudad de los muertos; a los romanos un can, Cerberos, les guardaba la entrada del hades.
Noche, distancia e insuficiencia coronaria
Leo en la prensa que ha muerto Sergio Algora, el “líder” de El niño gusano. Tenía 39 años. Por lo visto, estaba delicado del corazón (“como ha indicado un miembro de la banda”), pero con estos músicos nunca se sabe.
>Ver texto completoFoucault revivido en Ocean Park
Ocean Park tiene fama de ser una playa gay y estilosa. Como el escenario se presta, me llevé a Foucault bajo el brazo y lo puse allí, acostado en la toalla.
Dice Foucault que antes del siglo XVII se creía que todas las cosas del universo, todas: la mota que se mete en el ojo, una supernova, el gato que se eriza, la tormenta que se ve en la lejanía, la pereza de después de la siesta, un incendio en el bosque... pertenecían a un mismo orden de semejanza. Todas se conectaban y se movían al unísono. Como un torbellino en el río, todo era fruto de una armonía elemental e irradiadora de la que se desconocía su secreto. La tarea del filósofo consistía en desvelar la palabra mágica, el principio universal que explicaría la diversidad de lo mismo.
>Ver texto completoDepartamento dominicano de inmigración o el erotismo aeroportuario
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Cops es un programa veterano de la televisión gringa. En él compartimos el día a día de la dura labor policial. El cámara ocupa el asiento del copiloto y sigue a su compañero en la patrulla rutinaria, un acicalado oficial que conduce el vehículo y habla sin mirar a la cámara. De pronto, una voz enlatada le reclama al walki talki, le da unas coordenadas ininteligibles y desata la acción. El buen samaritano aprieta el acelerador y, con un rápido cambio de plano, aparece frente a la escena del crimen. Normalmente las caras que encarnan el delito son las de un negro joven de gueto, alguna prostituta con el pelo teñido a mechas o uno de esos blancos mugrientos, con una enorme barriga y un mostacho a lo búfalo Bill.
>Ver texto completo“¿Another round?” Incita la camarera cuando las cervezas están medio vacías, aunque a uno le parezcan medio llenas: “¿otra ronda?”.
Caminaba por la 12 y Chestnut y escuché un pedazo de conversación entre dos negros, “I was in jail”, le decía uno al otro: “estuve en la cárcel”.
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