Cops es un programa veterano de la televisión gringa. En él compartimos el día a día de la dura labor policial. El cámara ocupa el asiento del copiloto y sigue a su compañero en la patrulla rutinaria, un acicalado oficial que conduce el vehículo y habla sin mirar a la cámara. De pronto, una voz enlatada le reclama al walki talki, le da unas coordenadas ininteligibles y desata la acción. El buen samaritano aprieta el acelerador y, con un rápido cambio de plano, aparece frente a la escena del crimen. Normalmente las caras que encarnan el delito son las de un negro joven de gueto, alguna prostituta con el pelo teñido a mechas o uno de esos blancos mugrientos, con una enorme barriga y un mostacho a lo búfalo Bill.


Decepciona la apariencia que suele adoptar el crimen. Nada de persecuciones, ni de asesinos profesionales con el último modelo de veretta, ni siquiera un adolescente loco que la emprende a tiros por el barrio.

 

Hoy en Cops tienen un programa especial: bad girls. Hasta ahora han pasado dos casos por la pantalla. El primero de ellos el de una joven enclenque que camina tranquilamente por la calle y a la que detienen entre tres policías como si pelearan contra Mike Tyson. La segunda está más rolliza. Al parecer acaba de chocar su coche contra otro auto y no se paró a reportar el accidente. A ésta, que se resiste lanzando algún grito, la tiene retenida un oficial del tamaño de Mike Tyson con el método de tirar al suelo al criminal y colocar la rodilla sobre su cabeza, que persiste en los gritos.

 

Son las tres de la tarde del domingo y el siguiente caso ofrece un interesante cambio de tercio. Dos oficiales con el pelo recién cortado y un apurado de anuncio corren por las oscuras calles de un gueto. En un rincón del patio trasero de una casa alumbran a un joven negro luchando contra un perro. Los oficiales le apuntan con las pistolas y le  gritan que levante las manos, pero el perseguido insiste en no hacerlo. El desacato se debe a que el perro policía se lo está comiendo a mordiscos. Entre las pistolas, las linternas, los gritos, los mordiscos del perro y la porra de uno de los oficiales, empleada con acierto sobre las rodillas del criminal, éste cae al suelo, lo que aprovechan para esposarle mientras el perro sigue mordiéndole sus extremidades inferiores.  Ya inmovilizado, vemos la sangre que corre por sus heridas, pero no vemos su cara. En caso de que sean menores de edad, el programa tiene la obligación de borrársela.