Llego al aeropuerto de Santo Domingo y tengo que recorrer pasillos y pasillos. Todo muy nuevo, todo muy globalización en plan Dubai, supongo. Nada de gente vendiendo cocos con una iguana al hombro o niños sucios y descalzos gritando eso del “mister, taxi”. Un tipo negro enorme vestido de arriba abajo con el traje de los White Socks de Chicago recibe a un gringo en perfecto inglés del Bronx. Desde el avión sólo se veían campos de béisbol.

Subo dos tramos de escaleras, hago el check-in de American y me dirijo al control de entrada. Tres jóvenes y aburridas agentas de inmigración esperan sentadas a los escasos pasajeros. Una de ellas me echa el ojo, se levanta, se coloca la minifalda, se mira los tacones y viene hacia mí: “ingli o ehpani?”

- Ehpani.
- Pues que bueno, papi (sonriendo con malicia). Mira, te me quita los sapato, te me quita las moneda, la correa, la cartera y to lo de metal y lo pones en esta cajita.

A menos de un metro de mí me alcanza la cajita con esas manos y esas uñas recién salidas del beauty. Todo lo dice y lo hace sin quitarme la vista de encima. Empiezo a desvestirme con lentitud, disfrutando del control de seguridad: un sapato, el otro, la cartera, las monedas (la miro y me sigue mirando), el cinturón. La situación de dominio de esa mamita con esa minifalda y ese disfraz de agente de inmigración me tenía completamente erotizado.

- Terminé, mamita linda (no dije lo de mamita linda).
- ¿Ya terminate?
- Si, mami (no dije lo de mami), ya sólo me queda la ropa.
- Se sonríe y me suelta: ¿Y si te pido que te la quites? (Me descoloca, pero salgo al quite).
- Yo soy muy bueno y yo hago to lo que tu me digas, chulería (no dije lo de chulería).

Aparenta un divertido escándalo y mira a las otras dos. Todas se ríen con mucha gracia y yo, pensando en lo rico que es el merengue, la bachata y el pastelón, me dirijo descalzo al arco electrónico, sujetándome los pantalones y esperando no pitar.