Hoy me desperté en mi cama. En la de Filadelfia, después de unas semanas en Puerto Rico. Allí los mosquitos y el calor conspiran contra el sueño, así que lo de dormir sin enemigos me hizo sentir en casa. Mi única patria es la cama. Luego fui al Traders Joe´s, el supermercado que me queda más cerca del apartamento. En el camino pensaba en lo bien que me lo dejó mi desconocido Daniel Shiman. Puse el anuncio en Internet: “Se renta apartamento, Junio y Julio, 800 dólares al mes, zona céntrica, Filadelfia” (en inglés, claro), y sólo tres días después me llegó su cheque y yo le envié la llave.


Se supone que estuvo aquí estos dos meses, pero nunca nos hemos visto, así que ayer, según venía del aeropuerto, no paraba de imaginarme el inevitable incendio o el robo de todos mis muebles de quinta mano. Seguro que dos meses antes, en el sopor de los tres días de coche entre Texas y Philly, el amigo Shiman pudo convencerse de que ese latino con un inglés tan cutre le había mandado unas llaves falsas de una dirección cualquiera. Me hubiera gustado ver su cara en esos primeros forcejeos con la llave, antes de que cediera la cerradura.

En la casa, absolutamente impoluta, sin un solo pelo en la bañera o el mínimo rastro de comida sobre los fuegos de la cocina, quedaban, como únicas marcas de mi inquilino fantasmal, un bote de Haagen Dazs por la mitad, algo de azúcar en el azucarero y un huevo. Por los pasillos del supermercado recordé que eso, exactamente, fue lo único que yo dejé antes de marcharme.

Qué silencio. Que silencioso es mi barrio, ahora me doy cuenta. Las parejas pasean en silencio, se sientan en las terracitas en silencio, piden a los camareros sin levantar la voz y sus niños rubitos no lloran.

La bici me llevó por otros lugares menos ordenados. Buscaba “El barrio”, las calles de los boricuas emigrados, al norte de la ciudad. En la 4ª y Girard descubrí una mezquita y un improvisado campo de fútbol donde los fieles corrían tras una pelota y vociferaban en árabe. El reguetón y el hip-hop sacudía las paredes de algunas viviendas, como si quisiera derribarlas y tomar la calle. Unos niños se perseguían y gritaban. Un negro delgaducho y con un pañuelo anudado en la cabeza revivía escenas de los ochenta. Sentado en las escaleras de entrada de una casa y con un enorme radiocasete en sus piernas, lograba llenar de estruendo el espacio espectral, repleto de edificios en ruina, que le rodeaba.

Al anochecer salí de nuevo. Me senté en una esquina de Rittenhouse, cerca de unos hipsters con sus bicicletas tuneadas y de alguna pareja de recién casados. Cuando veo a una pareja aburrida de treintañeros me imagino que son recién casados. Allí estuve leyendo un libro de memorias de Sergio Pitol hasta que se hizo imposible distinguir las letras. Escribe muy bien Sergio Pitol, es muy aseado, muy elegante, el último defensor de la alta cultura y del mundo libresco; sin saberlo se ha convertido en un nostálgico. A mí me pone nostálgico, aunque nunca viví en esa República de las letras que relata Pitol. Una buena lectura para Rittenhouse, con sus fuentes de mármol neoclásicas, los pendones que cuelgan de los edificios que la flanquean y sus luces amarillas. Unas catalanas con pinta de turistas pasaron a mi lado. Intenté escuchar la conversación pero me resultaba confusa. De vuelta a casa se levantó un viento fresco que de nuevo me arrastró a San Juan. Imposible allí este viento tan cristalino, este silencio de hojas de árbol sin el canto de los coquís al fondo. Pensaba en mis amigos y en el calor húmedo del trópico, en las horas alargadas y en el sudor pegajoso que tanto me gustan, y por un momento me alegré de la soledad, el silencio y el aire frío. La cama me espera.