Leo en la prensa que ha muerto Sergio Algora, el “líder” de El niño gusano. Tenía 39 años. Por lo visto, estaba delicado del corazón (“como ha indicado un miembro de la banda”), pero con estos músicos nunca se sabe.


Aquí en mi casa teníamos un compañero operado del corazón, con un tajo tremendo desde la garganta hasta la mitad de la barriga. Según contaba, lo hacen con una sierra de cortar metales. Te la ponen sobre el esternón y aprietan el “on”. Me pregunto qué olor tendrán las micropartículas de esternón y de sangre en el aire, aunque quizás todo huela a consulta de dentista, que es como me imagino un quirófano. Yo una vez tuve que entrar en uno. Me operaron de la rodilla, pero no me acuerdo casi de nada, ni siquiera de los olores, que es lo que más aguanta en el coco. Lo único que recuerdo es el mal rollo que me dio la batilla verde, como de papel reciclado, que me pusieron por encima. Esa cosa te hace sentir más desnudo que si estuvieras en pelotas, lo malo es que una vez que te la quitan y que realmente te quedas en pelotas, rodeado de un montón de androides tras sus mascarillas, el instinto de supervivencia te arroja junto al preso en la sala de tortura, la rata del estudiante de biología, el concursante de operación triunfo frente a un musicólogo búlgaro. El amigo de un vecino, que era cirujano, una vez nos contó que les medían los órganos genitales a los pacientes que iban a operar. Bueno, no dijo órganos genitales, dijo “pollas”, que les medían las pollas a los tipos que yacían atiborrados de anestesia antes de meterles el bisturí. Esa idea no se me podía quitar de la cabeza: la anestesista midiendo mi órgano genital y riéndose a coro con las enfermeras, los estudiantes de medicina y el cirujano.

A mi roomate le habían hecho una especie de M-50 en cada una de las arterias que llegan al corazón, que son tres o cuatro. No sé cómo lo llaman, pero se trata de meterte unos tubos de plástico desde la propia arteria hasta el meollo de la cuestión, de manera que la sangre te llegué por este atajo y evite las zonas que el colesterol tiene taponadas. Éste tiene 35 años, así que aún le quedan cuatro para una muerte prematura como la del niño gusano. A los treinta ya comienzan las bajas.

Voy al congelador para sacar la cerveza que metí antes. Se me quedó helada, como los páncreas que los ateeses llevan en las ambulancias para los trasplantes. Intento vaciarla en una jarra pero la boca de la lata es estrecha y el hielo no quiere bajar. Bebo lo poco que puedo rescatar delante de la pantalla del ordenador, esperando a que alguien me escriba un email o chatee un rato. La cerveza es flojilla. Nada. Aburrimiento. Todo el mundo se fue a dormir. Las malditas seis horas. Ya sólo quedan historias de treintañeros que amanecen muertos de un ataque al corazón.