
Dicen que es un vocablo íbero, celtíbero, de antes de que llegaran los romanos, que le llamaban can. Suena fuerte, ofensivo, por eso los perros de donde se les nombra “perro” están marcados por el maltrato, la miseria y la desesperanza; por eso no hay peor insulto: “¡perro!”. Para los egipcios el perro era el animal de la muerte, el chacal que vigilaba la ciudad de los muertos; a los romanos un can, Cerberos, les guardaba la entrada del hades.
Donde el perro es “dog” la cosa cambia. Ya su nombre resulta una manera mal enmascarada de decir “god”: Dios, el dios perro de los vivos y entusiastas filadelfinos. Dentro del panteón animal, el dog del Northeast le disputa a la vaca de Calcuta o al elefante de Cachemira su devoción ritual, sus tabúes silenciosos y sus sacrificios litúrgicos. Nombre divino.
Como ante toda falsa deidad, yo sólo puedo sentir desprecio. Desprecio por los que recogen sus caquitas, por quienes les ríen la gracia, por el espantoso tono de voz con el que se refieren a ellos. Ese timbre agudísimo y ceremonial, esos gestos exagerados y su amabilidad eclesial, esa bondad estúpida de quienes llevan la correa: “Melinda es muy impetuosa, pero sólo cuando conoce a sus amiguitos. Ayer la llevé al peluquero y se portó muy bien. Verdad, Melinda?”.
En esas mismas calles pasan frío legiones de seres humanos sin pedigrí, hombres callejeros de la raza del chacal. Para ellos, ni rastro de ese amor desbordante por la vida animal. Son los hijos indóciles del callejón y de la muerte, de la enfermedad y la miseria, perros de donde se les llama “perro”. Y el dog lo teme, lo mira de reojo, prefiere tenerlo lejos porque sabe que el perro tiene colmillos y está hambriento, y ¡ay del día en que comience a destriparlos!
1 Comentarios a "Perros"
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