Cuenta la leyenda que hace unos años, en el concierto de Radiohead en Philly, el público no paraba de insistir: “Creeeppp, Creeeppp!!” Todo el mundo quería rasgarse las vestiduras al ritmo de su primer éxito, pero el señor Tom Yorke dijo que no se hablase más, que no la iban a tocar. Yorke desconocía el gran lema de aquí, el “Philly keeps you real”, y el golpe de realidad estuvo a punto de ser certero. Algunos filadelfinos se pusieron farrucos y amenazaron seriamente con abofetear a los ingleses, que juraron no volver a tocar en un lugar con tan poco aguante para el divismo. La historia debe de ser cierta, porque en su gira de este año han elegido actuar en Candem.


Sólo los separa un río y se miran a la cara, pero pocos en Philly se han aventurado por allí. Durante mucho tiempo esta pequeña ciudad de New Jersey ha ocupado el liderato absoluto de asesinatos, asaltos a mano armada y violaciones de todo Estados Unidos. Ahora el City council está contento porque, aunque las cifras siguen creciendo, hace más de dos años que fueron desbancados de la cima del ominoso ranking por otro tugurio similar, el célebre Flint del estado de Michigan, hogar del orondo Michael Moore. A tanto llega la popularidad de Candem, que hasta hace poco se podía ver por televisión una especie de reality show “social” ambientado en sus calles, que más parecían sacadas de alguna fabela de Río o de Cali.

El metro nos dejó en mitad de aquel desastre, pero con nosotros bajaban toda clase de tribus urbanas de camino al concierto, así que la muchedumbre rockera se protegía a sí misma y nos salvaba del contacto con los aborígenes del lugar. Esa fue la manera en que Yorke y los suyos nos devolvían su lección de realidad.

Anochecía sobre los cielos de Candem cuando comenzaron las trepidantes notas de “15 steps”. Desde el recinto del concierto se divisaba un panorama de postal, con el colorido skyline de Filadelfia de fondo, sus neones iluminando el Delaware, y sobre el río, el enorme Ben Franklin Bridge, que cerraba la romántica composición. Con “Idioteque” se afilaron los cuchillos: golpes de batería, guitarras aceleradas, sirenas, maullidos, percusiones rítmicas, gente gritando, luces estruendosas invadieron la atmósfera de Candem. “Morning Bells”, “All I need”, “No surprises” y un compás adormecedor que cesó violentamente con “Jigsaw falling into place”. Cadencia de helicópteros sobrevolando el cielo, policías persiguiendo al asesino, sonido de walkitalkis, flashes que retratan la sangre sobre el suelo, tiros en la calle de atrás, carreras y llantos bajo los focos de las cámaras. Y más música invadiendo Candem, más tumulto, más trance y más desorden, hasta que con “Everything in its right place” terminó todo aquello, volvió el silencio y las cosas se situaron en su lugar preciso.

Así que nos dirigimos con tranquilidad hacia la salida. Caminábamos por la orilla del río junto a una muchedumbre aletargada mientras contemplábamos las luces de la ciudad. Everything in its right place, everything in its right place, everything in its right place. El conjuro final seguía resonando en nuestras cabezas, la ceremonia había concluido y volvíamos a casa atravesando la sosegada noche de Candem.