Me acaban de dar calabazas. Para el que lo lee debe de ser gracioso, pero a mi no me hace ni la más mínima gracia, y no por la derrota en sí, sino, como dicen los cronistas deportivos, por cómo se ha producido.


Para explicarlo me vienen a la cabeza las películas de Tarzán y una de sus escenas más recurrentes: el explorador blanco y su señora, una damisela de las altas esferas de Londres -tocada con un sombrerito del que cae una suave tela mosquitera-, son capturados por alguna tribu caníbal y amarrados a un palo en el centro del poblado. Ambos asisten así a la ceremonia previa al festín, en la que son rodeados por un montón de tipos con lanzas y tambores que danzan con frenesí una letanía abrumadora. Las caras de pánico del hombre contrastan con las de ella, cuyos gestos de aparente horror traslucen una excitación íntimamente sexual. La desnudez, la violencia de la danza y la percusión de los tambores la trasportan a un universo natural, telúrico y copulante. Es en ese momento cuando aparece Tarzán con su cuchillo entre los dientes: no para rescatarles, sino para recomponer la moral.

Todo esto viene porque, aunque ya no existen tribus de esas, el esquema de la mujer blanca y el aborigen tamborilero permanece intacto. Si alguno de ustedes, amigos, intenta conquistar a una occidental en el Caribe, tenga en cuenta una cosa: que siempre aparecerá, por algún lado y en el momento más inoportuno, un tipo cuyo mejor mérito consistirá en que toca las maracas, el güiro o, terror de los terrores, las congas. Teman a este joven caribeño musical, porque no hay nada que pueda evitar el fracaso amoroso si él interviene.

Conviene entonces elaborarse una identidad que convoque los mismos instintos por otros medios (siempre que se haga imposible lo de dar la matraca con un tambor, elemento primero del atractivo). Aquí podemos citar algunos recursos ya conocidos, como dejarse rastas, hacerse un piercing, practicar capoeira, comprarse una tabla de surf o fumar marihuana y teorizar sobre sus propiedades terapéuticas. No por trilladas, estas técnicas han perdido su poder de seducción, que sigue intacto. La clave para que den resultado es que parezca algo serio, religioso, como si la esencia de uno descansase en ese pendiente sobre la ceja derecha cuyo símbolo representa la madre tierra para alguna cultura desaparecida. Como dato, puedo asegurar que hay quien toca el tambor, hace surf, tiene rastas y pendientes, culebrea al ritmo de la capoeira y comenta las propiedades curativas que posee la marihuana para los enfermos de asma. Éstos son los que se sitúan en la cima de la pirámide reproductiva.

Pero si ni siquiera se tiene madera para dedicarse a alguno de estos asuntos, el último recurso, el más básico pero no por ello desechable para el que no tiene de dónde agarrarse, son los intercambios de idiomas. Cualquier extranjera asiste, sorprendida, al interés que despierta su lengua, ya sea el ruso, el holandés o el urdu. Confieso que aunque éste sea el menos sofisticado de los argumentos, es el único que me ha dado resultado. De hecho, y tras el fracaso que me ha costado un conguero-maraquero, una damisela de las altas esferas de Londres ha accedido a intercambiar lenguas conmigo. Espero que mientras las legiones de tamborileros den vueltas alrededor de nosotros a ella no se le vayan los ojos detrás de alguno.