-Hola, ¿me da cuatro “Cristal”?
El tendero abre la nevera, saca las cuatro latas de cerveza y las pone sobre el mostrador. Agarra mi billete de cinco pesos y me devuelve el cambio, una moneda de cincuenta céntimos, casi tan grande como la de un peso, que es la que debe darme.
-Oye, pero dame un peso, ¿no?
Hace como que se fija en la moneda, vuelve a abrir la caja registradora y me la cambia por la correcta. Por su cara parece que acaba de descubrir que hay dos monedas diferentes y que una tiene el doble del valor que la otra. Guardo la nueva y todo me parece normal.

La reiteración en la trampa resulta tan cotidiana que incluso comienzo a pensar que es legítima. Me convencieron (o es que sufro el síndrome de Estocolmo): el extranjero, como de hecho ocurre, debe integrar esa categoría social sobre la que existe el deber y el derecho a engañarle en cualquier situación imaginable. La culpa es mía por mis “zetas”.

Esta es, quizás, la última fase de mi relación con mi extranjería, tan acuciante en esta ciudad. Antes he pasado por otras etapas.

La primera, la más ingenua, fue la de aparentar una cubanía imposible. Ponía cara sería, caminaba como si nada por la acera donde pega el sol y procuraba no decir palabras con “z” (o “c” ante “i” o “e”). Por entonces desconocía que detrás de todo habanero de la calle se esconde un fisonomista capaz incluso de distinguir a los que son de otros barrios, cuanto más a los que llegan de otro continente. La fórmula para desvestir al guiri siempre es la misma, y yo me cabreaba cada vez que me fallaba el camuflaje:

-¿Amigo, qué hora e? (Dos notas: 1. Todo cubano que se precie no lleva reloj, y 2. “Amigo” significa “guiri”).
-las zzinco y diezz
-¡Ehpaño!, ¿de dónde?
-De Madrizz
-¡De Madri!, yo tengo allí unoh primo que… papapapapapapa… vamos a tomarnos unoh trago … papapapapapapa...

En una segunda fase, más madura, comencé a asumir mi papel de sujeto engañable adoptando una táctica -por imitación- más efectiva: en boca cerrada no entran moscas. El habanero, en contra de los estereotipos, no habla a quien no conoce. No es muy común que la gente se salude en el ascensor, o dé las gracias, o abra la boca en un taxi compartido; sobre todo los jóvenes, cuya rigidez resulta un índice de su hombría. Sorprende incluso el manejo de la mímica con tal de ahorrarse palabras. En la taquilla del cine, por ejemplo, con un solo golpe de voz se realiza toda la transacción. Si va una pareja, el novio dirá “tre” y se señalará a sí mismo y a su novia, lo cual quiere decir que son dos entradas para la sala tres. Ni un “hola”, ni un “por favor” ni un “gracias”.

Esta táctica de la economía lingüística comenzó a dar sus frutos (a pesar de que a veces era difícil entenderse) y redujo la tasa de choriceo con éxito, aunque no logró su desaparición.

La tercera fase, en la que ahora me encuentro, es en la que me da igual todo esto. Como digo, ya cualquier cosa me parece bien: alabo a los que no dan ni una sola vuelta correcta, a los que incrementan el peso de la báscula en el mercado, a los que cobran en CUC lo que está marcado en peso cubano, a los taxistas que nunca llevan cambio, a los que nunca ponen el taxímetro, a los charlatanes de la calle, a las camareras que flirtean a las malas y te ordenan que les invites a algo o a los que se inventan los precios sobre la marcha.

Solo estoy esperando la oportunidad para comenzar a dar gato por liebre yo mismo.