7 de octubre. Vente conmigo, chati.
Desde los comienzos de este diario, y de manera expresa, he intentado alejarme de los tópicos que caracterizan cualquier relato de La Habana. Aún no creo haberme extendido sobre los herrumbrosos Chevrolet del cincuenta, los camellos atestados de gente, la mugre que se extiende por las fachadas, o la vecina que grita por el patio interior para que la otra sepa que la llamó su madre desde Camagüey. No lo hago porque todas esas imágenes son falsas. Miento: todo eso ocurre, pero de una manera absolutamente alejada al modo exótico y paternalista con que uno lo mira desde afuera. La cotidianeidad no suele ser motivo de sorpresa ni de especial comentario.
Sin embargo, hace tan solo unos minutos he asistido a otro de los episodios inevitables para la agenda del visitante, con la particularidad de que éste sí merece unas palabras. Mientras cargaba con una java de verduras y frutas, camino de mi casa, dos guiris que iban unos metros por delante de mí se han parado para llamar la atención de una muchacha que estaba sentada a la puerta de su casa. Sin que mediase ninguna excusa y sin pronunciar ni una sola palabra en español, la indicaban, con gestos explícitos, que se fuera con ellos. El juicio que ofrecía la escena era claro: para aquellos dos cantamañanas todas las habaneras son putas. En esos momentos eché en falta un comité familiar, o vecinal, que les intimidara seriamente. A cambio, la única respuesta que hubo fue la de un tipo que les dirigió el conocido reclamo del “ehi, maifriend!, ehi, maifriend!”, posiblemente para informarles, en un meritorio spanglish, que si querían chicas él las tenía. ¿Llevas dólares? Tu pide por esa boquita.
Hace unos días me sucedió algo similar. Estaba con algunos amigos cubanos tomándome unas cervezas en el 1830, cuando apareció un grupo de españoles con algunas jineteras. Mientras mi amiga Carla y yo bailábamos y nos reíamos, uno de esos tipejos se nos acercó para preguntarle si era cubana. Como la respuesta fue afirmativa (y quizás porque pensaba que yo también era cubano), se interpuso sin más entre nosotros para ligar con ella. Su movimiento me sorprendió, sobre todo porque podía parecer que ella y yo éramos pareja. Lo que hice a continuación, en vez de soplarle una galleta, que era lo que se merecía, fue pegar la oreja con ánimo antropológico –aunque mejor sería decir “zoológico”-. Como me temía, aquel rey de La Habana, un cuarentañero solterón de los campos de castilla (donde no se come ni una rosca), estaba por aquí con sus amiguetes en plan Mogambo. Alguno hacía patria portando la elástica del Real Madrid.
La pequeña conversación no tenía precio, con chistes de espanto y una sofisticación trasnochada que me hacía recordar tiempos y lugares que no he vivido, pero que debieron o deben de ser así: un encuentro madurito y ochentero en “Pasapoga”, una copa en alguna whiskería de carretera. Es curioso esto de venir hasta Cuba para explorar el mundo de la prostitución y el jineteo -esta especie de putiferio con toques conversacionales-. Al final va a resultar que esos otros coterráneos suyos, los que alquilan autobuses en las despedidas de soltero y organizan cacerías por la Casa de Campo, muestran un grado mayor de inteligencia. Por lo menos ellos se ahorran tiempo y dinero, y a otros nos ahorran la vergüenza ajena que nos hacen sentir por aquí.
0 Comentarios a "7 de octubre. Vente conmigo, chati."
« Anterior | Inicio del blog | Siguiente »
(0) Enlaces
Imprimir
Blogmemes
Foros



