Son las 10 y pico de la mañana del domingo, la hora del partidito, y pongo la tele. En estos momentos, en directo por la televisión cubana, Hugo Chávez rinde homenaje a la figura del Ché Guevara en el mausoleo de la ciudad de Santa Clara. Bajo un sol de justicia y acompañado de “Ramirito”, un general del ejército cubano, impone la corona de flores al pie de la estatua. A la vez, habla de Bolívar y del imperialismo y se sorbe la nariz porque tiene una buena gripe, como la que me agarró a mí esta semana. El diálogo con Ramirito, cuando se produce, es coloquial, aunque lo normal es que se extienda en largos monólogos de una épica moral, militar y nacional cuyo ejemplo supremo descansa en la memoria del Ché, faro de la revolución bolivariana que va palante.


Hago un poco de zapping por los otros dos canales y descubro que en uno de ellos están poniendo una comedia gringa de esas con un perro justiciero, que ahora mira con cara de pocos amigos a dos ladrones que preparan un golpe a bordo de un camión de helados. La verdad es que podían haber programado algo más ilustrativo de la amenaza yanki, aparte de que la peliculita pueda dejar catatónicos a quienes se la traguen entera.

Vuelvo al canal del homenaje. La exhortación final de Chávez ante los restos del Ché parece suficientemente explicativa del proceso que está en marcha en Venezuela. La apunté: “¡Los hijos de Bolivar son también tus hijos, Ché, son tus hijos, Fidel! ¡Patria, socialismo o muerte! ¡Hasta la victoria, siempre!”. Mientras, en ese otro canal de la comedia perruna ha comenzado un programa musical llamado “Super 12”, donde “Pupi y los que son son” [sic] están cantando una canción cuyo coro repite: “calla, calla, que tu lengua se te enreda y se te traba”. Está claro que el peor enemigo siempre está en casa.

Recupero la sintonía anterior. Resulta que han organizado un “Aló Presidente” en directo y desde la misma plaza memorial. La cosa comienza con una inserción grabada del encuentro que mantuvieron ayer Chávez y Castro, donde el primero demuestra sus dotes para todo: dirige el programa, canta canciones dedicadas al Ché (que, según dice, entonaba en los cuarteles), y comenta que de joven quería ser pintor. Como muestra, le regala uno de sus cuadros a Fidel, al que le veo chungo, aunque de cabeza está ágil. Acaba la inserción grabada y sigue en directo el “Aló Presidente”, donde Fidel interviene vía telefónica.

Al poco rato me canso de las peroratas y de las conexiones con los diferentes puntos del país, en las que un entusiasta enviado especial comenta los logros revolucionarios frente a un grupo de hinchas políticos que lo jalean. Así que apago la caja tonta y bajo a comprar algo de comer. A través de las puertas y las ventanas se escuchan los parlamentos chavistas. Vuelvo a casa y me pongo a cocinar con la televisión de fondo, donde persisten las exhortaciones bolivarianas. Bajo otra vez a ver si encuentro huevos y ahí están los dos titanes de la pantalla, en la esquina superior derecha del colmadito donde se apilan las hueveras. De nuevo en casa me pongo a comer, me recluyo en mi cuarto, leo, me echo la siesta, me despierto, me hago un café y enciendo la tele: ¡Coño! ¡Ahí siguen, a las cuatro de la tarde! ¡Seis horas después y sin publicidad! Esto no hay cuerpo que lo resista.

Me visto y salgo al cine. Mientras camino bajo una fina lluvia me llegan los ecos de la despedida: el programa se termina. Chaves dice adiós a la cámaras porque tiene que agarrar un carro camino de Cienfuegos. Tiene prisa.
Y de mi partido, nada de nada…