La lavadora de mi casa no tiene aclarado. Se detiene después de un cuarto de hora en el que juega con la ropa y el jabón y a uno le toca hacer el resto. No fue una sorpresa. Ya me lo advirtió la señora el primer día de llegar aquí, pero yo no pude imaginar las consecuencias del aviso. Una vez que la fiesta de la espuma termina, hay que sacar la ropa, ponerla sobre una pila de lavar y comenzar a restregar y exprimir cada calzoncillo, camiseta o calcetín. La operación puede durar de una a dos horas, dependiendo de la cantidad de ropa y, sobre todo, de la cantidad de jabón que uno esté dispuesto a dejar sobre ella, porque todo no se va.


La señora de mi casa, que es también la jefa del CDR[1] del edificio, me explica la razón de mis sudores, del desriñone y el cabreo que me pillo cada vez que hago la colada. Parece ser que detrás de todo esto se eleva el noble propósito de la “Revolución energética”, como aquí denominan a los planes de ahorro de energía.

La colada de hoy fue si cabe más agotadora, porque no me di cuenta de que preparaba toda la operación en las horas  del corte de agua –ojo, en las siete u ocho horas diarias del corte de agua-. Aún no sé en qué estaba pensando, pero en su momento este detalle no me pareció un problema irresoluble, y seguí adelante.

Para llenar la lavadora de agua, porque no tiene llenado automático, se emplea una manguera improvisada que se ajusta malamente al grifo de la pila y la transporta hasta el tambor, pero como lo que salía era apenas un hilillo, decidí cargar cacerolas e ir vertiéndolas en la lavadora, porque así podría hacer otras cosas mientras se iban llenando. Después de un largo rato en este proceso, el nivel del agua apenas subía. La razón era que la manguera de desagüe, una especie de trompa blanca que está a un costado de la máquina, yacía en el suelo y dejaba escapar la mayoría del agua que yo le iba echando por arriba. El espacio en que se desarrollaba todo esto no tiene más de un metro cuadrado, y en él hay tal abigarramiento, que la manguera encontraba fácil escondrijo entre los trastos. Su agua se dirigía con discreción al desagüe del suelo. Solucionadas todas las trabas, pude completar la tarea del llenado y proceder a echar la ropa y el jabón.

Mientras el tambor daba vueltas y todo se lavaba, me puse a recoger de nuevo agua en las cacerolas para poder aclarar después. Cuando terminó el centrifugado me tocó lo de siempre, con el agravante de las cacerolas: echa agua, restriega, estruja, suda, ponte perdidos los pies de agua, restriega, exprime, vuelve a llenar más cacerolas, estruja, cuelga la ropa, suda y suda sin parar… y así otra hora y media. Todo sea por la revolución energética y contra el calentamiento global. Aquí la energía que se le ahorra al planeta la pone el individuo, sin atenuantes.

Según aclaraba la ropa y pensaba que tenía que escribir sobre esto, me venía a la cabeza el programa de ayer de la televisión. Salían un chico y una chica jóvenes, prototipos del universitario cubano, detallando el mecanismo del marketing moderno. Hablaban de un caso hipotético, el de los zapatos “andabien” y de su hipotético estudio de mercado para desarrollar una campaña publicitaria capitalista. Explicaban que tras ese estudio no se diría nada de la calidad del calzado, ni de su resistencia, ni de su diseño y que, por absurdo que pudiera padecer, se trataría de identificar a los zapatos con los valores sociales más deseables entre los posibles compradores: “con andabien serás joven, apuesto, mirarás con optimismo al futuro, serás deseable para las mujeres, tendrás éxito en tu trabajo, serás admirado por tus amistades…”. Éstas eran, más o menos, las palabras del hipotético anuncio publicitario, en boca de los didácticos muchachos.

Su resumen de cinco minutos me gustó. El ejemplo de los zapatos “andabien” sintetizaba parte de la teoría posmoderna, de las últimas tendencias del pensamiento social acerca de lo que se denomina “capitalismo de ficción” y, especialmente, la totalidad de la inútil teoría sobre marketing y relaciones públicas. Sin embargo, la paradoja de esta inserción televisiva, tan común en la educativa y pedagógica –menos- televisión cubana, es que en su pretensión de denuncia anticapitalista está descubriendo, quizás sin saberlo (y esto es lo que se me ocurrió mientras exprimía uno de los calzoncillos), la estrategia retórica que se esconde detrás de mi sufrimiento entre cacerola y cacerola de agua. Ahora resulta que la maldita pila de lavar es mi mejor aliada en la lucha contra el calentamiento global. Si pudiera, y blandiendo ese mismo calzoncillo jabosono, les daría el cante a esos dos mozalbetes: “¡a ver, majetes, contadme algo de  la calidad, el diseño, las funciones y la edad media de las lavadoras cubanas!”.

Silencio, algo suena en las tuberías, son las seis de la tarde… ¡llega el agua!


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[1] Siglas de “Comité de Defensa de la Revolución”. Intentaré ser neutral en su definición: centros vecinales de gestión, participación comunitaria e información que existen en cada cuadra y están gestionados por los propios vecinos. Una especie de institución de base del movimiento revolucionario.