
En su artículo de ayer (25/6/09) en El País, Vicente Molina Foix se atrevía a defender el cine español contra aquellos que lo atacan “como pim pam pum” “en los medios impresos y radiofónicos de la caverna y (a veces) también, ay, en este mismo periódico”. En el título de su columna, “El cine gratuito” se resume su tesis: para Vicente Molina Foix el cine patrio merece una ayuda a golpe de subsidio público como la que recibe la industria del automóvil o la textil que, según informa, también solicita el socorro de hacienda. Que el estado costee al espectador la tercera parte del precio de la entrada en taquilla, eso es lo que propone Molina Foix para salvar al séptimo arte de la crisis actual. Y presenta un dato concluyente: el cine da de comer a 60.000 trabajadores españoles, todos ellos “cargados de una familia a la que tienen la pretensión diaria de dar de comer”.
Como el autor no distingue entre los diversos sectores que zarandean la industria cinematográfica nacional, ya sean los “enemigos” que, en su momento, juraron venganza por las manifestaciones antiguerra de la academia o bien aquellos que van al cine y, legítimamente, opinan que es infumable lo que ven, habrá que pensar que los mete a todos en un mismo saco. Tanto es así que cita a Juan Marsé como un ejemplo de enemigo de la causa fílmica a raíz de sus comentarios en la entrega del Premio Cervantes sobre la pobre calidad de los guiones del cine español. Molina Foix califica las palabras de Marsé como “unas curiosas declaraciones contra los guionistas españoles”. En el único momento de la columna en que parece que su autor rebatirá los tópicos que circulan contra la calidad del cine español, Molina Foix resuelve el conflicto sin más retórica que llamarlos “curiosos”, además de referirse a esos tópicos como un ataque “contra” los guionistas. En cristiano, que Marsé hubiera estado más guapo con la boca cerrada.
La columna ya camina a su cierre y despliega, para rellenar el evidente vacío, otro párrafo sobre este incómodo asunto de la calidad. Para ello sigue con Marsé, ahora acompañado de García Hortelano, quienes hace unas décadas, según menciona Molina Foix, perpetraron varios guiones de dudoso gusto (el primero de ellos un “horroroso drama playero”). A partir de una demostración tan deficiente del trabajo propio, ¿cómo enjuiciar la labor de otros?, vendría a decir el articulista. Pero lo “curioso” de este argumento, como se comprobará poco después, es que Molina Foix termina por darle la razón al escritor catalán cuando afirma, quizás para defender al cine español, que: “Los guionistas y otros asalariados actuales del denostado cine español firman a menudo títulos tan deplorables como aquellos agraciados con el nombre de Hortelano y Marsé”. O sea, que después de todo, no parece que estén tan errados aquellos que arremeten contra los guionistas.
Lo que ocurre es que para Molina Foix no vale la pena perorar sobre la calidad de las películas. De hecho, tal y como declara, el cine en su máxima aspiración “tendría que ser un mecanismo industrial de sólido funcionamiento y autosuficiencia financiera”. Ahora se comprende que el mejor argumento para justificar las ayudas estatales al gremio de cineastas se concentre en las 60.000 familias que comen de él, el mismo que sirve para mantener abiertas las centrales nucleares o las fábricas de explosivos, siempre que sean españolas, claro. Con el pan de las criaturas no se juega; lo de menos es si las películas aburren o no.
Surge entonces la duda de cual será el reclamo para que el público acuda a las salas incluso si el precio de la entrada se reduce en un 30 por ciento. En el esquema de Molina Foix, dado que el producto final resulta algo accesorio, se invitará al respetable a que se someta a una sesión de algún “título deplorable” con la ventaja de que lo que ahora cuesta 7 euros se reducirá a poco más de 4. Si hoy las salas están vacías por el precio de la entrada, mañana se llenarán como un acto de conmiseración: un exitazo.
4 Comentarios a "Apología del cine español."
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Buenísimo, Carrillo. Ciertos sectores culturales de este país viven como en aquel poema de Gil de Biedma, "en su torre abolida", inmóviles y deseando también la inmovilidad para los demás, como unos hidalgos de pueblo que no pagaran impuestos y, pese al desprecio y su falta de futuro, resistieran haciendo valer sus privilegios heredados y sus derechos de nobleza. No querían, no quieren ciertos señores de la cultura, que algo cambie, no vaya a ser que toda la tramoya se venga abajo.
r.
Carrillo, Raúl... ¡cuánta razón tenéis! Es terrible que se despilfarren unas migajas de dinero público en permitir que se haga cine español, impidiendo así que las multinacionales del sector puedan redondear sus beneficios monopolizando ya el 100% del mercado... ¡Qué vergüenza!
Y el mismo problema se da en otros sectores, la educación por ejemplo. ¿Sabéis que el estado mantiene a cuerpo de rey a un ejército de funcionarios bostezantes cuando la iniciativa privada puede gestionar con mucha mayor eficiencia la enseñanza? ¡Basta de chupar del bote, señores!
Y lo mismo la sanidad, las prisiones, los transportes... ¡acabemos de una vez con el funcionario bien pagado y con el 'hidalgo de pueblo' subvencionado! ¡Libertad para las ETT, para los banqueros, para los empresarios, vergozosamente reprimidos y maniatados por este estado postestalinista!
En resumen, libertad para las multinacionales de la comunicación. Ellas nos darán el sano y ameno entretenimiento de 'Transformers', en vez de las malsanas y retorcidas elucubraciones que esos pervertidos intelectuales lanzan desde su torre para corromper a nuestra fuerte juventud española...
Lo entiendes todo al revés, Hernán. Eso, o que las corazas ideológicas no permiten ver los hechos y las pruebas, empirismo puro con el que hay que pensar, y no con dogmas de cartón-piedra.
Nadie ha asociado a los hidalgos con los funcionarios, sino con sectores de la cultura que se han beneficiado durante décadas de unas perrogativas y beneficios, sin importar si éstos perjudicaban a otros muchos, casi siempre a los recién llegados, a los que se les cerraba la puerta.
Por otro lado, criticar el cine español no significa que se defienda o se haga una alabanza de las "multinacionales de la comunicación". Más bien al contrario: una industria, la del cine español, que quiere beber de dos fuentes: del dinero público (y así no correr riesgos) y del mercado (a favor del accionariado principal). En un país en el que directores como Víctor Erice ven imposible hacer una película, resulta paradójico que se diga que "las subvenciones están para ayudar a la cultura".
El dinero público debe tener una finalidad social, y no la mantener modelos de negocio desfasados. Y ahí creo que es tan injusto moral y socialmente subvencionar un coche, por el simple hecho de que ciertas empresas arrojan pérdidas, como subvencionar películas solo por ser españolas, sin importar si son buenas o si aportan algo al arte. Lo contrario, Hernán, es defender redes clientelares, que, como decía Scascia acerca de la mafia, "son una burguesía parasitaria, una burguesía que no emprende sino que solamente explota".
Salud,
r.
Si, comprendo las razones de tu posición. Esas causas pueden ser muy comprensibles e incluso loables.
Pero el valor de una posición, de una crítica, de una propuesta no está tanto en sus causas (aun siendo estas de interés sin duda) sino en sus consecuencias.
El problema es que tu posición puede tener muchos tipos de causas, algunas de ellas quizá válidas, pero su efecto suele ser el que yo describía en mi mensaje.
Así que yo no defiendo el sistema tal como está; estoy abierto a que se reforme o mejore si presenta problemas. Pero hay que estar muy atento a las criticas que partiendo de un posible fallo en un mecanismo pueden tener el efecto de cargárselo y pasar a su opuesto en lugar de promover una corrección o mejoría