Juanes, Miguel Bosé y Olga Tañón dan un concierto en la Plaza de la Revolución de La Habana. Se concentra, según la prensa internacional, un millón de cubanos para escuchar a los cantantes: un buen motivo para que ésta ausculte la realidad política cubana y para que otros comprobemos el grado de desconocimiento que existe de esa realidad entre la prensa internacional.

 


Desde los días previos se dedican al tema tertulias, editoriales y columnas periodísticas en los que sorprende la ligereza con la que se asumen argumentos, se proclaman verdades y se defienden los principios democráticos maltratados en la isla. De más está decir que la mayor parte de los intervinientes en el debate no ha pisado Cuba o, si lo ha hecho, ha sido por unos días y sin abandonar el cartel de turista o visitante circunstancial. Y es que si de algo me ha servido mi experiencia en la isla ha sido para atestiguar la extraordinaria complejidad de un proceso político y social con demasiadas particularidades y que se empeña en contradecir, invalidar o, por lo menos, matizar, las ideas previas con las que se carga en la mochila. Si de algo estoy seguro es de que para hacerse una idea del “problema” cubano hay que haber vivido en Cuba. Ya sé que el argumento es difícil de asumir, sobre todo porque cuando se trata de este asunto cualquiera cree tener, por alguna extraña razón, una opinión bien fundada. Lo compruebo a diario con amigos y conocidos.
 
Porque ¿De qué modo se explica, si pretendemos compararlo con otros, un sistema “autoritario” con la mayor población universitaria del mundo, un acceso masivo y casi gratuito a la cultura (cine, conciertos, teatro, ballet), una cobertura sanitaria universal y de calidad, un índice de criminalidad, de escolarización o de alfabetismo sin parangón en las dos Américas (con la excepción de Canadá), una formación cuidadosa para profesionales en la medicina, las ingenierías o las humanidades, un otorgamiento masivo de becas de estudios para ciudadanos africanos y de Latinoamérica o la creación de escuelas y redes sociales capaces de situar a bailarines, actores, escritores, deportistas, pintores o músicos entre la élite mundial?

Se podrá argumentar que son precisamente los más capacitados quienes más ansían marcharse de Cuba. Es cierto, pero para que los bailarines de la Compañía Nacional de Alicia Alonso la abandonen en Montreal hace falta, cuanto menos, una excelente Compañía Nacional de Danza. Vayan a preguntar a los países del entorno si existe algo parecido en todas estas ramas del arte, la cultura o el deporte, si sus ciudadanos emigran para bailar en algún “Royal Ballet” o si sus aspiraciones se limitan a actuar de pinches de cocina en algún restaurante de Pittsburg.

También se suele apuntar que estos datos forman parte del aparato demagógico, del mínimo necesario para la pervivencia del régimen y su publicitación internacional. Pero entonces, ¿qué debe asumirse a cambio, que lo no demagógico es el subdesarrollo sanitario, educacional o los estados criminales paralelos que operan en el resto de democracias latinoamericanas? ¿Son acaso estas disfunciones un síntoma de salud democrática frente a la demagogia castrista?

Una de las principales contradicciones de la sociedad cubana actual, de hecho, es el desequilibrio que se produce entre ciertas estructuras sociales de primer mundo con otras de tercero; es decir, las exigencias de una población formada, sana y que vive sin temer por su seguridad (unas garantías que pocos países en el mundo reúnen), cuyas legítimas aspiraciones, a partir de aquí, no se ven satisfechas por una economía deficiente, un engranaje estatal mastodóntico e inmóvil y una falta de libertades que impide, entre otras cosas, una mínima y necesaria iniciativa privada.

Casi me hicieron reír ciertas declaraciones, supongo que bien intencionadas, sobre el alivio que encontrarían los cubanos que acudiesen al concierto, quienes por un día, por unas horas (como se repitió con profusión), se sentirían liberados de la bota autocrática sobre sus cabezas. Y también se insistió mucho sobre la necesidad de un gesto, una frase contra la dictadura que introdujese un soplo de aire fresco en la asfixiante realidad social de la isla: ¡Como si en La Habana no hubiera conciertos!, ¡como si no se hablara de política con independencia de que Juanes o Miguel Bosé pronuncien algunas palabras desde el escenario! Invito a todo aquel que quiera disfrutar de los mejores conciertos en directo a que se pasee por La Casona, por el 1830, por el Amadeo Roldán, por el Mella, por la Plaza de la Revolución, por el Pabellón Cuba, por el Teatro Nacional, por el Carlos Marx, por la escalinata de la Universidad… semanales y muchos de ellos gratuitos. Y los que quieran hablar de política, incluso oír cómo se despotrica contra el régimen, a que se monten en un taxi, se sienten en el Malecón, se hagan invitar a cualquier reunión de amigos, se alojen en una casa particular, acepten un café mañanero, lean la entrevista que publicó ayer El País con Leonardo Padura o se paseen por la Universidad (y a que entren, por ejemplo, en las clases de Filosofía Marxista o de Historia de Cuba Contemporánea, y comprueben si los profesores hacen propaganda de la Revolución o si se encuentran frente a intelectuales independientes y de una profundidad de pensamiento deslumbrante). Habrá pocos lugares en el mundo donde la conversación diaria, casi sin excepción, gire en mayor medida en torno a ese “gran problema” que podría llevar por título: “Cuba hoy: consecuencias y reflexiones sobre la Revolución cubana en un mundo globalizado”. En cualquier esquina encontrarán a un teórico del tema con mucho más calado que Miguel Bosé, se lo puedo asegurar. Este cuestionamiento, como saben, no llega a los foros públicos: destaco este debate continuo en la vida cotidiana para señalar las diferencias respecto a los regímenes autocráticos al uso.

El primer principio sobre las opiniones que queramos verter acerca de Cuba queda establecido. Lo recuerdo, era ese que rezaba: hay que haber vivido en Cuba para hablar con propiedad de Cuba. El segundo principio de mi experiencia vital en Cuba es el que sigue: desde las democracias occidentales no tenemos ni la legitimidad, ni ofrecemos el ejemplo, ni conocemos la realidad cubana como para imponer la receta que necesitan. Nuestras pretendidas soluciones mágicas testimonian, si acaso, la arrogancia y la demagogia occidental. Cuando Obama renueva el bloqueo y se aplaude su decisión por la ausencia de libertades o de “gestos” aperturistas en Cuba, nadie parece recordarle que Estados Unidos ha provocado más de un millón de muertos en su guerra de Irak y que, en propio suelo cubano, mantiene una base militar donde se interna a presos sin cargos formales y se les tortura abiertamente. Habida cuenta de las garantías democráticas que Estados Unidos ofrece a los ciudadanos de otros países y de la legislación que les aplica, no parece que su ejemplo sea demasiado aleccionador. Esto ocurre, además, cuando el propio Obama trata de aprobar una reforma sanitaria para dar cobertura a cerca de cincuenta millones de norteamericanos que hasta hoy no tienen seguro médico. Cincuenta millones de personas, cinco Cubas, que viven en condiciones mucho más miserables que el ciudadano medio cubano: sin sanidad, sin una educación que merezca tal nombre, en medio de una cultura marcada por la criminalidad y la cárcel, la desestructuración familiar, los embarazos adolescentes, la obesidad rampante derivada de una alimentación nefasta y una incidencia de SIDA similar a la de muchos países africanos, con el agravante final de que suele tratarse, cómo no, de esa población negra que nunca ha abandonado un estrato social prácticamente apátrida dentro de la sociedad americana. Esos son los derechos democráticos de, al menos, cincuenta millones de ciudadanos estadounidenses (sin contar a los millones de emigrantes ilegales) y ese es el estado democrático que pretende disciplinar al gobierno cubano.

Pero aún resulta más paradójico cuando quienes se rasgan las vestiduras son los representantes de eso que me gustaría bautizar como “Liberoamérica”. A los liberoamericanistas, enfundados en el traje de defensores de la democracia (“liberal”, por supuesto),  no les cabe otro juicio respecto al estado cubano que el de representar la aberración más ultrajante contra los derechos y libertades democráticos, una acusación que extienden al gobierno venezolano de Chávez y al boliviano de Evo Morales, y en menor medida al de Correa en Ecuador o al de Ortega en Nicaragua, por una simple cuestión de tamaño e influencia. Incluso aceptando la gravedad de sus opiniones y datos (en sí mismos muy dudosos), sus llantos ante la falta de libertades muestran una llamativa propensión a centrarse machaconamente sobre aquellos países que cuestionan, más que la democracia como principio, la evidencia histórica de que la democracia en Latinoamérica ha servido, sobre todo, como instrumento de legitimidad formal para los esquemas consuetudinarios de desigualdad social, neocolonialismo y paternalismo caciquil y racista.

A partir de una realidad social marcada, en todo el continente, por democracias afectas a los crímenes de estado, la corrupción política a una escala intolerable, una judicatura al servicio del mejor postor, un ejército y una policía que se dedican al pillaje… y que no pueden evitar fenómenos de sobra conocidos como los paraestados del guerrillerismo, el paramilitarismo, el narcotráfico, las maras o las villas miserias y las favelas, debería llamar la atención que estos hechos sólo parezcan herir sensibilidades cuando suceden en los países antes citados. La excepcionalidad y la virulencia de la que son merecedores no parece que proceda, precisamente, de las traiciones a los principios democráticos en un contexto donde son el pan nuestro de cada día, sino en las traiciones a lo que esos regímenes “democráticos” tienen de “liberales”, tal y como lo entienden los liberoamericanistas. El mejor ejemplo de este argumentario lo ofrece Mario Vargas Llosa, adalid de la tendencia, quien en “El golpe de las burlas” (12/07/2009), un artículo de opinión aparecido hace unas semanas en El País (donde justifica el golpe de estado en Honduras) arroja sobre Manuel Zelaya, el presidente depuesto, la siguiente semblanza:

“Zelaya, antiguo destacado figurín de la oligarquía rural hondureña, vinculado en el pasado a matanzas de campesinos, y elegido presidente como candidato del Partido Liberal, de centro derecha, con un programa de apoyo a la inversión extranjera y a la empresa privada y de severa persecución a la delincuencia, de pronto, a media gestión, experimentó una conversión populista y revolucionaria (es decir, chavista), afilió su país a ALBA y comenzó a preparar su eternización en el poder mediante una reforma constitucional, tal como lo han hecho Chávez y sus discípulos, es decir, la hez política de América Latina.”

La demonización del presidente, acusado de oligarca y de asesino de campesinos, parece que sólo amerita su justa denuncia a partir del momento en que decide afiliar al país al ALBA y aliarse con esa “hez política” que culmina en Chávez. Hasta entonces la muerte de campesinos no merecía artículos ni comentarios, ni siquiera conocíamos a ese tal Zelaya a pesar de sus supuestos delitos, como sucede con los dirigentes de otros países latinoamericanos. Pero que se preparen para un torrente de celebridad si deciden amistarse con Chávez, porque entonces sus crímenes de estado, su apoyo a los paramilitares, el asesinato de sindicalistas y sus reformas constitucionales para la reelección, que se llamará “eternización”, aparecerán en primera plana (pienso en Uribe). Cualquier gobierno latinoamericano, por oligarca y asesino que sea, cuenta con el apoyo de los liberoamericanistas (legión en los medios de comunicación españoles), mientras respete el status quo y no inicie una crítica contra las bases de las democracias de la región, que no son otras que las garantías a los privilegios heredados y los turbios manejos de una casta político - militar - empresarial que cuando hubo que recurrir al golpe de estado y la dictadura militar, lo hizo, y que ahora se siente igualmente cómoda, y mucho más legitimada, bajo el paraguas de estas democracias de papel.

A la libertad de expresión se la confunde entonces con la libertad de empresa informativa, la libertad de partidos se complementa con la persecución y demonización de quienes representan a las clases empobrecidas, la libertad de manifestación se decora con su represión a tiros, la limpieza del sistema legal, desde policías a jueces y legisladores, aparece como una entelequia en la que nadie puede confiar… y no obstante, la mejor solución, postulan, son los gobiernos moderados al estilo de Lula Da Silva. Pero… ¿por qué la mejor opción? ¿La más factible sin causar graves tensiones sociales? ¿La más pragmática? o… ¿la más justa y legítima? A este respecto, siempre me gustó una frase de Slavoj Zizek muy adecuada en este contexto:

"El hecho de que si uno no obedece los limites impuestos por el capital “verdaderamente se desencadena” una crisis, no “prueba” en modo alguno que esos límites sean una necesidad objetiva de la vida económica. Mas bien debería verse como una prueba de la posición privilegiada que tiene el capital en la lucha económica y política, como ocurre cuando un compañero mas fuerte te amenaza con que si haces X, vas a ser castigado por Y, y luego, cuando estas haciendo X, efectivamente resulta Y." (en Multiculturalismo o la lógica cultural del capitalismo multinacional

Desde luego que la respuesta a las anteriores preguntas pertenece más al terreno de la pragmática, es decir, como un medio para evitar que el más fuerte de la clase nos suelte un mamporro, que al de la justicia. Y es que no hay nada más intolerable, nada más desestabilizador, nada que se gane el derecho a ocupar portadas, editoriales, reportajes, condenas internacionales y golpes de estado que las dificultades y el exilio de los pudientes, aunque sean los mismos que han estado desangrando al país durante generaciones. Las virulentas condenas a Cuba o a Venezuela tienen que ver, directamente, con la amenaza al dominio y la emigración de las clases altas. Por contraste, nunca, en ningún periódico, se produce una crítica al sistema en su totalidad cuando, por poner uno de tantos ejemplos, cientos de miles de mexicanos arriesgan su vida al cruzar Río Grande. En un continente como el americano, donde los habitantes pobres han convivido con una emigración política y económica masiva, sólo parece representar un hecho antidemocrático y desgraciado la falta de derechos del exilio cubano de Miami o de los venezolanos adinerados. Que los pobres mueran intentando cruzar una frontera se inserta dentro de esa normalidad democrática sin demagogias.

En Latinoamérica se ha ahogado sistemáticamente la oportunidad histórica de unas reformas democráticas de garantías mínimas para el grueso de la población. Todo intento reformista desde el propio juego democrático ha demostrado que éste no era más que una tapadera para los intereses de siempre. No existe ni un solo ejemplo de un movimiento popular que, utilizando estos mecanismos y bajo la bandera de lo justo sobre lo pragmático, haya conseguido acceder al poder sin exponerse al boicot, el golpe de estado y la guerra civil. Los casos de Cuba y Venezuela, quizás los más polémicos, no dejan de ser respuestas generadas por esta lógica testaruda: parecen causados por la necesidad histórica que obliga a la radicalización política o al fracaso. Aún siendo críticos con muchas de las medidas de Chávez o Castro, es difícil pensar que los procesos que lideran hubieran podido adoptar otras formas más integradoras o moderadas sin exponerse, inmediatamente, a su cese por alguna acción violenta: la invasión de Bahía Cochinos o el golpe de estado contra Chávez inician un proceso de radicalización inevitable.

Mis desacuerdos con muchas de las dinámicas que experimento a diario en Cuba, incluso mi total rechazo de ellas, también incrementa mi crítica a las democracias occidentales al proponerse como el horizonte al que aspirar. Aquel que piense que la libertad de expresión se puede contener en los estrechos márgenes ideológicos que median entre la CNN o la Fox, o entre El Mundo y El País, que crea que hablar de política es someterse al cotilleo parlamentario de las Leires Pajín y Sorayas Sáenz de Santamaría, que la libertad de elección consiste en votar a Laboristas o Conservadores, Republicanos o Demócratas, PP o PSOE, es un ingenuo o un demagogo. Son quienes asumen estas causas los que convierten a la democracia, como decía Borges, en un “abuso de la estadística”.