13 Julio, 2009 13:53

De profesión filósofo y en sus horas libres devoto del sentido común. Lleva Fernando Savater demasiado tiempo cultivando esta contradicción con textos tan cuestionables por sus afinidades electivas como por sus argumentos. En dos días escribe dos artículos en El País que iluminan su deriva: en el primero de ellos echa a la hoguera parte de su biblioteca, en el segundo sale con la adarga a defender causas nobles.
En El sepulcro vacío (7-7-09) Savater realiza su particular catálogo de libros que confunden al entendimiento. Según confiesa, cuando se trata de liberar espacio en sus estanterías y a pesar de que tiene mamotretos inverosímiles como "Tratado de jardinería en Babilonia”, “Los únicos de los que prescindo sin la mínima reticencia son los volúmenes del inacabable marxismo y su materialismo dialéctico”. Y a esto dedica el artículo, a cribar los clásicos de la literatura marxista, ya “inimaginables como posible relectura […] incompatibles con las mínimas pautas de ecología intelectual”.
El artículo sigue con dos escuetas exégesis. En la primera reseña Cólera y tiempo, la obra de Peter Sloterdijk donde éste denuncia la “cólera destructiva” del comunismo orgánico. En la segunda recomienda la lectura de la última obra de Antonio Escohotado, en la que se refutan algunos de los principios del socialismo, una labor a la que Savater asiste complacido pero con una “cierta melancolía”, pues tal ejercicio, según declara, debería haber sido superado por el peso de la evidencia histórica ante “creencias que no fueron adoptadas por razones inteligibles” sino por “sentimientos que rechazan los límites morales y sociales de nuestra condición”.
Ya que Savater no cita, ni siquiera de pasada, otros efectos asociados a la lectura de los textos marxistas, se debe inferir que el único fruto reseñable de ellos sería la acción de partidos y gobiernos comunistas, de manera que de la consulta de los primeros se deriva, como única consecuencia mencionable, la violencia represiva de los segundos. Tanto por el peligro potencial que asigna a estos textos como por el escenario histórico en el que se realiza, nunca más alejado del fantasma comunista, sorprende un análisis tan temeroso y anacrónico.
Savater, de más está decir, olvida otras consecuencias de la lectura de estos clásicos que poco tienen que ver con los gulags estalinistas o las checas para purgar a disidentes. No menciona, por ejemplo, que la tradición marxista y postmarxista ha desarrollado la crítica más sólida y profunda a las formas sociales contemporáneas, desde sus mecanismos económicos e ideológicos a una teorización que ha penetrado en sus patrones discursivos, legitimidades impuestas, tácticas neocoloniales o regímenes de intereses y que confronta la pretendida “naturalización” que de ellas efectúa el pensamiento conservador. Llama la atención que junto a Althusser o a Lenin, Savater pase por alto otros ejemplos de una tradición que constituye, a través de diversas escuelas e interpretaciones, el corpus principal de la teoría social contemporánea. La lista sería inabarcable, desde la Escuela de Frankfurt (Benjamin, Adorno) a la teoría económica y política (Polanyi, Gramsci), de la literatura (Chesterton, Brecht y la principal nómina vanguardista) a la antropología moderna o al estructuralismo y postestructuralismo francés (de Barthes a Foucault); un diálogo con el legado marxista que hoy encuentra en intelectuales como David Harvey, Fredric Jameson o Slavoj Zizek, entre tantos otros, nuevos cuestionamientos y direcciones que, de un modo flexible, actualizan dicha tradición sin que ninguno de ellos, que se sepa, haya propuesto deportaciones masivas a Siberia. Pero para Savater todo esto no existe o sería mejor llevarlo al trastero. Claro, que su temor es grande: uno empieza cuestionando “lo dado” y no sabe cómo puede terminar la cosa, sobre todo si quienes defienden estas alternativas epistemológicas “no se resignan a la humilde tarea de intentar solamente interpretarla [la condición humana] y aliviarla con prudencia...”. Con esta declaración antiutópica y sus puntos suspensivos termina Savater su primer artículo de la semana.
Dos días después y en su segundo artículo, Los herejes imprescindibles (9/7/09) se obtienen algunas explicaciones a estas lagunas tan groseras para un filósofo. En él, Savater sale en defensa de Unión, Progreso y Democracia, el partido de Rosa Díez, a quien señala como el “hereje imprescindible” de la política española. Una herejía peculiar, pues el tamaño de su independencia cabe en los estrechos márgenes ideológicos (?) que median entre PSOE y PP, tanto que su ideario se presta a la confusión, repetida de modo malicioso por cada uno de los partidos mayoritarios, de ser un tiburón encubierto de los contrincantes. Savater, sin embargo, aclara el entuerto y señala con exactitud el espacio político que ocupa UPyD: “tratar los asuntos políticos y sociales […], objetivamente, en lugar de encuadrarlo (sic) en una global ‘forma de pensar’ estereotipada de derechas o de izquierdas”. Para Savater, por lo tanto, existe un espacio desligado de consideraciones ideológicas, el espacio de la objetividad, al que puede accederse si se prescinde de los intereses cultivados por el establishment bipartidista. En una frase, las herejías de UPyD “decepcionan a los exquisitos porque son puro sentido común”, el mismo sentido común que sugiere deshacerse de los títulos marxistas, el mismo que aconseja la mejor opción en materia autonómica, educativa, de política social, lingüística, sexual, religiosa… (tal y como señala en el penúltimo párrafo del artículo): el sentido común dicta y UPyD, ordenador portátil en ristre, escucha e ilumina.
La ideología aparece en sus columnas como una antigualla, fiebres nostálgicas de chequistas frustrados: ¡a la hoguera con ella! El sentido común se impone así desde las grietas de los partidos mayoritarios como remedio a sus debilidades e intereses inconfesables y, como ellos, se ocupa de los asuntos humanos resignado a “la humilde tarea” de intentar solamente interpretarlos y aliviarlos “con prudencia”. El sentido común recorre el mismo territorio de los partidos mayoritarios pero lo hace de otro modo, con objetividad y sin intereses espurios, ahí está la diferencia. Y desconoce, por lo tanto, los caminos en los que se interna el trasnochado marxismo, aquello de la justicia social, la igualdad de derechos, la democracia efectiva, el cuestionamiento de los privilegios económicos, la división de poderes, la información independiente, la justicia laboral, las políticas efectivas de integración o los modelos económicos sostenibles. A este paso, los “herejes imprescindibles” de Savater nunca irán a la hoguera. Son otros, quizás más imprescindibles, los que merecen el fuego de sus artículos.
7 Comentarios a "Savater y el sentido común"
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Felicidades por el texto: parece que esto es el 'pensamiento débil' ¿no?... ;-) Y si no en el sentido original de esa etiqueta, al menos en el obvio de blando, ineficaz, pusilánime e hipócrita.
Para mi Savater -de quien fui alumno allá por 1981 o 1982- es ejemplo representativo del 'suicidio de la inteligencia' en que han incurrido ciertos intelectuales prometedores en su juventud, pero que han sido incapaces de procesar la crítica al idealismo en alguna dirección plausible, quedando presos en las arenas movedizas del realismo político, del conformismo, la connivencia con la derecha, el desmoronamiento de la propia obra filosófica y la triste condición de estómagos satisfechos de los medios de comunicación.
Desgraciadamente, que a estas alturas de la historia todavía no se reconozca después de los inmensos sufrimientos provocados por las dictaduras de izquierdas (Lenin, Stalin, Mao, Pol-Pot, Fidel Castro, etc, etc), las sangrientas y desgraciadas implicaci0ones sociales y políticas que ha tenido el marxismo comunista, no sólo es lamentable y repugnante, sino un ejemplo de la estulticia a la que llegan algunos, por fortuna para los demás minoritarios, que quisieran hacernos creer que el conocimiento económico y político es exclusivo de ellos, unos autoelegidos sabios, en realidad iluminados fanáticos de la misma manera que los integristas religiosos de toda laya.
Quiero decir además que esos comunistas convencidos que arremeten contra Savater como contra cualquier adversario ideológico, diciendo que puesto que no tiene el carnet de su partido está en el error y en el pecado -ya se sabe que fuera de la Iglesia no hay salvación-, estarían dispuestos a utilizar las hogueras purficadoras que en otros tiempos eran tan útiles para otra clase de inquisidores con el fin de iluminarnos a todos matándonos por no hacerles caso. Eso sí que es pensamiento fuerte: proponer la vuelta a las religiones monoteístas del pasado o en todo caso, como sucedáneo, a una ideología impuesta con hierro candente y unos cuantos gulags para empezar.
Me permito decir otra cosa. Sorprende que se niegue valor al sentido común. No se me ocurre otra manera de entendernos y de interecambiar razones si no es acudiendo a un espacio en el que podamos encontrarnos aunque sea para discutir. Así es como vamos desarrollando y cultivando nuestro sentido común. Y ése también es el significado de la democracia, que bien entendida no es sectarismo ni reparto de etiquetas -aquí los míos y, por supuesto, los mejores y más inteligentes, y allí los otros, humanos de segunda categoría-, sino puesta en común por parte de todos, a través de cauces y organismos institucionales que han de ser mejorados permanentemente (asociaciones cívicas, medios de comunicación, partidos políticos), de las medidas que han de favorecer el interés colectivo, haciendo que los sectores de la población marginados por uno u otro motivo puedan hacerser oír. No estamos en una sociedad perfecta pero sí perfectible. La utopías son, en efecto, para los que detestan la política, el sentido común y la democracia, es decir, para aquellos que, en vez de dar razones, prefieren condenar al Infierno o al Gulag a sus oponentes.
Querría añadir algo sobre la inteligencia ausente de esos inconformistas tan contentos de haberse conocido que, para quedar bien entre ellos, hablan de los otros como estómagos satisfechos, sin molestarse en explicar qué ideas son exactamente las que critican. Les basta con señalar los intereses espúreos a los que supuestamente responden los otros (intereses que por otro lado no especifican con claridad ni con conocimiento) para sentir que han presentado un argumento impecable contra ellos. Desde luego el combate de ideas no es lo suyo, porque los que asistimos a esta demostración de inconformismo no acabamos de saber por qué son infundadas las propuestas de los otros a los que critican. Dicho de otro modo: no queremos descalificaciones en base a intereses de clase o por diferencias raciales o nacionales; queremos que la discusión para que sea verdaderamente inteligente y provechosa no se quede reducida a indicar determinismos sociales y económicos sin que sepamos de qué se está hablando o qué es lo que proponen unos y otros. Me temo que este juego que consiste en no entrar en las razones de las personas de las que hablamos para limitarnos a despachar sus ideas con el recurso a su estómago o al tamaño de su cerebro, es una vieja expresión del autoritarismo que algunos llamados "de izquierdas" comparten con algunos "de derechas".
Hola, Fernando,
Como dicen los finos, “recojo el guante” de la crítica constructiva y de crear “un espacio en el que podamos encontrarnos aunque sea para discutir”. Pero déjeme que le diga que esta propuesta se contradice con la primera de sus intervenciones, donde retrata al articulista y al primer comentarista (aunque sin mencionarlos, como si fueran apéndices de un bloque sin fisuras de “comunistas convencidos”) de “autoelegidos sabios” e “iluminados fanáticos”, quienes, más tarde: “estarían dispuestos a utilizar las hogueras purificadoras que en otros tiempos eran tan útiles para otra clase de inquisidores con el fin de iluminarnos a todos matándonos por no hacerles caso”. ¿De verdad es esa la conclusión que puede extraerse de la lectura de los textos?
No hay mejor mecanismo para negar tal debate abierto que el de arrojar a quienes mantienen otras posturas a la caverna del extremismo insensato. En realidad, el mensaje que esconde esa operación no es otro que: “con esa gente no se puede hablar”, porque ya me dirá qué diálogo puede producirse entre cualquier persona de bien y un “iluminado fanático” que quiere “matarnos a todos por no hacerle caso”. En mi artículo, lo puede releer, valoro, cito y comento las ideas de Savater sin emplear una caracterización semejante.
Ocurre algo parecido cuando al oír la palabra “marxismo” se cita a Stalin o a Pol Pot. Y de ahí mi queja contra Savater, porque cualquier catedrático de filosofía debería conocer la enorme diferencia que media entre ambas categorías. Le propongo un ejercicio: atendamos a Savater, arrojemos al fondo del mar la escuela marxista, no leamos más al propio Marx, a Lukacs o Walter Benjamin, a Michel Foucault, Althusser o Derrida, olvidemos a Fredric Jameson, Terry Eagleton o Slavoj Zizek: ¿usted realmente piensa que no leer, desconocer el legado de algunos de los pensadores medulares de las últimas décadas, aunque sea para criticarlos, enriquece ese diálogo social?
Yo, personalmente, estoy en las antípodas del comunismo orgánico. Quizás no haya nadie más contrario a los regímenes de autoritarismo, ausencia de libertades individuales y nomenklaturas de privilegio a que dieron lugar. Pero la crítica contra estos regímenes nefastos no me lleva a justificar sin más, como si se tratara de un juego de “o lo tomas o lo dejas”, los mecanismos de injusticia social, exclusión y vandalismo global del occidente democrático (¿o es que no se producen, por ejemplo, guerras de Irak bajo la etiqueta de “libertad duradera”?). Para ese diálogo que usted reclama hay que comenzar por negarse a ese “o conmigo o contra mí”, porque es en los matices y también en la formación de una ciudadanía crítica donde surge una discusión constructiva, por cierto, cada vez más alejada de lo que suele entenderse por “política” en los foros audiovisuales.
Y, por último, sobre el asunto del sentido común, y siguiendo la noción de “hegemonía” del pensamiento de raíz marxista, le planteo una pregunta: dada una sociedad amplia y multiforme, ¿cuáles son las ideas que aparecen como incuestionables, “de sentido común”? Lo que establece esta noción es que suele ocurrir que hay grupos sociales más capaces (por influencia, poder económico o relaciones personales con los centros de decisión) que otros para acceder al espacio público y situar sus sensibilidades propias como ese “sentido común” colectivo: Por eso no me agrada demasiado esa apelación al “sentido común”, porque no es neutral y no responde a los más desfavorecidos (de hecho, se podría pensar que los grupos marginales lo son porque sus necesidades nunca parecen, en última instancia, “de sentido común”: es descorazonador pensar, por ejemplo, en las energías colectivas concentradas para la organización de unos juegos olímpicos y que no exista una voluntad similar -y el mismo presupuesto- para acabar con las bolsas de pobreza de Madrid). En nuestra sociedad se produce una lucha continua por ganar el espacio del “sentido común”: para algunos es de sentido común desenterrar las fosas comunes de la guerra civil, para otros es de sentido común no hacerlo. Para algunos lo es expulsar a los emigrantes ilegales, para otros darles papeles; privatizar los servicios sociales, ampliar la cobertura estatal; despenalizar el aborto, prohibirlo; privilegiar la acumulación de capitales, redistribuir la riqueza; desaconsejar la lectura de los clásicos marxistas o animar, como he tratado de hacer, a sentarse algunas tardes frente a las páginas, por ejemplo, de Las palabras y las cosas (a ser posible con una taza de café al lado). Ahora que llega el invierno y en la tele solo ponen el Aquí hay tomate puede resultarle un buen plan. Ya verá que no le entran unas ganas inmediatas de exterminar a la población de Phnom Penh ni de deportar en fríos trenes a los campesinos ucranianos.
Le agradezco su respuesta y aunque sea con gran retraso por mi parte (no tengo mucho tiempo para utilizar Internet)le contesto. No soy yo quien le sitúa en la caverna del extremismo insensato ni quien le reprocha la falta de juicio o de sentido común ni quien asegura que su análisis crítico de las democracias contemporáneas esté inspirado en los maniqueísmos de algunas perspectivas marxistas antiliberales felizmente marginadas. Parece que es usted -y yo me limito a señalarlo- el que insiste en que la tradición intelectual más sólida a la que debemos acudir para comprender e intentar transformar nuestro presente con todas sus injusticias y atropellos a los derechos humanos es la que se vincula al marxismo antiliberal y antidemocrático. Creo recordar que Savater se refería a autores como Marta Harnecker, defensora del régimen cubano, y a Louis Althusser, compañero de viaje del comunismo soviético, como los representantes de esa izquierda marxista cuyo interés para potenciar una ciudadanía crítica y vigilante de los poderes públicos resulta más que dudoso. Algunos de los autores que usted menciona: los miembros de la Escuela de Frankfurt y filósofos como Michel Foucault son marxistas muy heterodoxos, en todo caso útiles para denunciar y corregir ciertos males del Estado social y democrático de derecho en que vivimos, no para desmantelar el "occidente democrático" en nombre de una apocalíptica utopía cuyos altares sacrificiales no se harían esperar. También Marx, que, al igual que otros socialistas, describió con acierto las servidumbres de la era industrial, ha sido de más utilidad para crear sociedades más justas e igualitarias en los Estados democráticos occidentales, que si se atiende a los efectos devastadores que consiguió el marxismo triunfante en las dictaduras sanguinarias que todos conocemos y en las que la justicia y el desarrollo social recibieron la misma protección y reconocimiento que las libertades y las garantías fundamentales.
Volvamos al sentido común y a la política, es decir, a la razón y al buen juicio, que no es de nadie sino de todos, porque cuando razonamos todos contamos y debemos poder tomar la palabra. De ahí la importancia de las instituciones democráticas por imperfectas que sean. Las injusticias y desigualdades sólo pueden salir a la luz allí donde hay una sociedad que puede expresarse libremente y el poder económico, político y de los medios de comunicación no está en manos de uno solo o de unos pocos. Hay voces que no son escuchadas y razones que esconden simples intereses particulares, pero sólo es posible denunciar estos hechos allí donde no existe la manipulación -ésta sí flagrante- del partido único y de la televisión única y del diario único. La razón en asuntos políticos y sociales es plural y se transforma en razones que para ser aceptables han de apelar a la capacidad intelectual de cualquiera. No hay razón sino se instituye el derecho a la crítica y el reconocimiento de que uno puede ser criticado por los demás, aunque sea equivocadamente. Algunos de estos principios de sentido común y de defensa de la dignidad humana no provienen, en efecto, de la tradición marxista, interesante por otros motivos, sino de la democrática y liberal, más necesaria que nunca para controlar y poner frenos a los desmanes de la globalización económica y a los integrismos religiosos y nacionalistas.
Hace veinte años los berlineses del Este salieron del encierro al que se habían visto sometidos por una tiranía que para prevenirles de los peligros de la libertad y del pluralismo democrático les metió a todos en prisión. Desde entonces son muchos los problemas y dificultades que tienen y que comparten con los berlineses del Oeste y con todos los demás europeos. Hay mucho que hacer para lograr mejorar las condiciones de vida y ampliar la capacidad de participación en el espacio público de todos los ciudadanos alemanes y europeos, pero la experiencia y el conocimiento de nuestra condición nos ha enseñado que las soluciones imaginativas que proponen poner fin de una vez por todas a los males del mundo son de un extremismo insensato que conduce a la barbarie y a la destrucción de la humanidad.