De profesión filósofo y en sus horas libres devoto del sentido común. Lleva Fernando Savater demasiado tiempo cultivando esta contradicción con textos tan cuestionables por sus afinidades electivas como por sus argumentos. En dos días escribe dos artículos en El País que iluminan su deriva: en el primero de ellos echa a la hoguera parte de su biblioteca, en el segundo sale con la adarga a defender causas nobles.

En El sepulcro vacío (7-7-09) Savater realiza su particular catálogo de libros que confunden al entendimiento. Según confiesa, cuando se trata de liberar espacio en sus estanterías y a pesar de que tiene mamotretos inverosímiles como "Tratado de jardinería en Babilonia”, “Los únicos de los que prescindo sin la mínima reticencia son los volúmenes del inacabable marxismo y su materialismo dialéctico”. Y a esto dedica el artículo, a cribar los clásicos de la literatura marxista, ya “inimaginables como posible relectura […] incompatibles con las mínimas pautas de ecología intelectual”.

El artículo sigue con dos escuetas exégesis. En la primera reseña Cólera y tiempo, la obra de Peter Sloterdijk donde éste denuncia la “cólera destructiva” del comunismo orgánico. En la segunda recomienda la lectura de la última obra de Antonio Escohotado, en la que se refutan algunos de los principios del socialismo, una labor a la que Savater asiste complacido pero con una “cierta melancolía”, pues tal ejercicio, según declara, debería haber sido superado por el peso de la evidencia histórica ante “creencias que no fueron adoptadas por razones inteligibles” sino por “sentimientos que rechazan los límites morales y sociales de nuestra condición”.

Ya que Savater no cita, ni siquiera de pasada, otros efectos asociados a la lectura de los textos marxistas, se debe inferir que el único fruto reseñable de ellos sería la acción de partidos y gobiernos comunistas, de manera que de la consulta de los primeros se deriva, como única consecuencia mencionable, la violencia represiva de los segundos. Tanto por el peligro potencial que asigna a estos textos como por el escenario histórico en el que se realiza, nunca más alejado del fantasma comunista, sorprende un análisis tan temeroso y anacrónico.

Savater, de más está decir, olvida otras consecuencias de la lectura de estos clásicos que poco tienen que ver con los gulags estalinistas o las checas para purgar a disidentes. No menciona, por ejemplo,  que la tradición marxista y postmarxista ha desarrollado la crítica más sólida y profunda a las formas sociales contemporáneas, desde sus mecanismos económicos e ideológicos a una teorización que ha penetrado en sus patrones discursivos, legitimidades impuestas, tácticas neocoloniales o regímenes de intereses y que confronta la pretendida “naturalización” que de ellas efectúa el pensamiento conservador. Llama la atención que junto a Althusser o a Lenin, Savater pase por alto otros ejemplos de una tradición que constituye, a través de diversas escuelas e interpretaciones, el corpus principal de la teoría social contemporánea. La lista sería inabarcable, desde la Escuela de Frankfurt (Benjamin, Adorno) a la teoría económica y política (Polanyi, Gramsci), de la literatura (Chesterton, Brecht y la principal nómina vanguardista) a la antropología moderna o al estructuralismo y postestructuralismo francés (de Barthes a Foucault); un diálogo con el legado marxista que hoy encuentra en intelectuales como David Harvey, Fredric Jameson o Slavoj Zizek, entre tantos otros, nuevos cuestionamientos y direcciones que, de un modo flexible, actualizan dicha tradición sin que ninguno de ellos, que se sepa, haya propuesto deportaciones masivas a Siberia. Pero para Savater todo esto no existe o sería mejor llevarlo al trastero. Claro, que su temor es grande: uno empieza cuestionando “lo dado” y no sabe cómo puede terminar la cosa, sobre todo si quienes defienden estas alternativas epistemológicas “no se resignan a la humilde tarea de intentar solamente interpretarla [la condición humana] y aliviarla con prudencia...”. Con esta declaración antiutópica y sus puntos suspensivos termina Savater su primer artículo de la semana.

Dos días después y en su segundo artículo, Los herejes imprescindibles (9/7/09) se obtienen algunas explicaciones a estas lagunas tan groseras para un filósofo. En él, Savater sale en defensa de Unión, Progreso y Democracia, el partido de Rosa Díez, a quien señala como el “hereje imprescindible” de la política española. Una herejía peculiar, pues el tamaño de su independencia cabe en los estrechos márgenes ideológicos (?) que median entre PSOE y PP, tanto que su ideario se presta a la confusión, repetida de modo malicioso por cada uno de los partidos mayoritarios, de ser un tiburón encubierto de los contrincantes. Savater, sin embargo, aclara el entuerto y señala con exactitud el espacio político que ocupa UPyD: “tratar los asuntos políticos y sociales […], objetivamente, en lugar de encuadrarlo (sic) en una global ‘forma de pensar’ estereotipada de derechas o de izquierdas”. Para Savater, por lo tanto, existe un espacio desligado de consideraciones ideológicas, el espacio de la objetividad, al que puede accederse si se prescinde de los intereses cultivados por el establishment bipartidista. En una frase, las herejías de UPyD  “decepcionan a los exquisitos porque son puro sentido común”, el mismo sentido común que sugiere deshacerse de los títulos marxistas, el mismo que aconseja la mejor opción en materia autonómica, educativa, de política social, lingüística, sexual, religiosa… (tal y como señala en el penúltimo párrafo del artículo): el sentido común dicta y UPyD, ordenador portátil en ristre, escucha e ilumina.

La ideología aparece en sus columnas como una antigualla, fiebres nostálgicas de chequistas frustrados: ¡a la hoguera con ella! El sentido común se impone así desde las grietas de los partidos mayoritarios como remedio a sus debilidades e intereses inconfesables y, como ellos, se ocupa de los asuntos humanos resignado a “la humilde tarea” de intentar solamente interpretarlos y aliviarlos “con prudencia”. El sentido común recorre el mismo territorio de los partidos mayoritarios pero lo hace de otro modo, con objetividad y sin intereses espurios, ahí está la diferencia. Y desconoce, por lo tanto, los caminos en los que se interna el trasnochado marxismo, aquello de la justicia social, la igualdad de derechos, la democracia efectiva, el cuestionamiento de los privilegios económicos, la división de poderes, la información independiente, la justicia laboral, las políticas efectivas de integración o los modelos económicos sostenibles. A este paso, los “herejes imprescindibles” de Savater nunca irán a la hoguera. Son otros, quizás más imprescindibles, los que merecen el fuego de sus artículos.